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viernes, 26 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. QUINCE.



https://www.youtube.com/watch?v=DnqTaR2qSlE






15
Extramuros

¿Qué es lo que hace, a ojos de los humanos, especiales los días en torno al fin de año?
Tal vez se trate de una simple cuestión de costumbre, algo proveniente de la educación recibida en toda cultura y sociedad, que hace al hombre tener presentes esas fechas como una oportunidad para cambiar lo que no le gusta en su vida, o celebrar lo que sí. Tal vez exista algo de cierto en la antigua magia que celebraba el nacimiento del Sol Invicto, situando en tales fechas el inicio de una resurrección cíclica y necesaria para la vida. Bajo muchos nombres y diferentes ritos, credos antiguos y religiones actuales han convertido esos días en el principio de todo. Desde la festividades en torno a la resurrección de Osiris hasta la conmemoración del nacimiento de Cristo sólo han cambiado los ritos, diseñados por quienes ostentan en cada momento el poder de decidir qué aspecto tienen los dioses. El hombre de a pie, la eterna masa desorientada, se limita a escuchar, asentir y celebrar lo que le ordenan celebrar, sintiendo el anclaje de seguridad en la tradición, ignorante de que su Dios tuvo antes otros nombres, otras ceremonias.
Hay mucho de comodidad en esos referentes claros, inamovibles. Navidad, fin de año, inicio de algo nuevo. Ciclos que conforman un guión preciso, un ceremonial que transmite seguridad, refugio, la excusa perfecta para que todo siga igual. Porque parece mejor idea no cambiar, no abrir la puerta al caos que pueda haber al otro lado.
La Navidad de 1918 fue, como lo son todas, un momento de tristeza y esperanza. Porque el mundo había cambiado, pero seguía habitado por una raza que prefiere la ignorancia y el inmovilismo.
Fue un momento de tristeza; millones de muertos por la guerra y la gripe española dejaron huecos en las mesas, en las iglesias, en las reuniones familiares. Esos huecos eran tumbas abiertas, fosas oscuras a las que nadie podía evitar mirar aún entre rezos, brindis y villancicos.

El hogar de los Deza tenía sus propios agujeros oscuros, sentía el peso de ese vacío en la ausencia de Agustín, muerto en los campos de batalla franceses. La atención y el cariño que todos prestaban a Mercedes y sus hijos no eran suficientes para ocultar del todo la pena reciente. Si acaso, la hacían más evidente.
La pandemia de gripe, empero, no había hecho mella en la familia ni en su entorno cercano. Aunque el padre Urbano insistía en que eran las oraciones y el amor de Dios lo que les había mantenido a salvo, muchos de los más ancianos y no pocos de los jóvenes hablaban entre susurros de los Deza, de la suerte milagrosa que acompañaba a esa familia y que parecía extenderse como un paraguas protector en torno a ellos. Se recordaban cuentos antiguos y leyendas de magia y brujería, se hablaba de curas casi milagrosas realizadas por las mujeres de la familia en tiempos de los abuelos de quienes ahora eran abuelos; de la suerte casi excesiva, casi milagrosa, que les acompañaba en los negocios; de la salud de hierro que toda la familia presentaba.
Se murmuraba con incertidumbre acerca de la muerte de Agustín, extraña en una familia cuyos miembros solían fallecer en la cama, a edades avanzadas. Algunas murmuraciones estaban teñidas de envidia, en otras sólo se filtraba la admiración y el agradecimiento. Pocos eran los que permanecían ajenos a tales rumores, aunque el más ofendido por ellos era Urbano, el tradicional y severo sacerdote a quien la fama de los Deza le parecía una competencia directa con su ministerio, que se ofendía cada vez que un lugareño acudía a Isidro o a Sebastián en busca de consejo, que se veía amenazado por la próxima creación de la escuela. Que veía, en fin, recortado su poder por la presencia de los Deza.

Sentado en la estancia que hacía las veces de biblioteca y despacho familiar, Sebastián leía La Vanguardia cuando su hermano Jacinto entró, llevando una bandeja con dos botellas de aguardiente y cinco vasos.
-¿Cómo sigue el mundo? –preguntó mientras la dejaba sobre la amplia mesa.
-Loco –dijo Sebastián–. Romanones ha dicho en París que su visita a Reims le ha impresionado. “Hubiera deseado que todos los españoles estuviesen  allí conmigo y así no hubiera quedado un solo germanófilo en mi país”, dice.
Su hermano sirvió dos aguardientes, sentándose junto a Sebastián. Bebieron despacio, en silencio, recordando al germanófilo Agustín que había muerto defendiendo aquellos ideales ahora tan depauperados a los ojos de Europa entera.
-Habla también de la Sociedad de Naciones –dijo Sebastián al cabo–. Parece que se lo están tomando en serio, lo de fundarla. Aunque cortarán el bacalao los ganadores de la guerra y el resto serán comparsas.
-Si evita otra guerra futura, que lo corten con mi bendición.
-Eso mismo viene a decir el enviado del Papa. Creo que Wilson se saldrá con la suya y fundará la Sociedad bajo sus condiciones.
Jacinto lió un par de cigarrillos y preguntó:
-¿Y los rusos?
Sebastián pasó a la página trece, leyendo rápidamente el texto bajo el titular “La situación en Rusia” para luego resumirlo a su hermano.
-Parece que Trotsky y Zinovief siguen subiendo el tono de los discursos. Y el ejército anda con ganas de dar guerra. Ejecutan comisarios por delitos económicos y las distintas facciones siguen enfrentadas. La Armada, sobre todo, parece dispuesta a amotinarse seriamente.
-No creo que Wilson y su Sociedad sirvan para nada.
La puerta se abrió, dando paso a Isidro, Anastasio y Pedro. Se sirvió una nueva ronda de aguardiente y los hombres la compartieron en un silencio cómodo, íntimo a la vez que compartido, uno de esos silencios que no necesita palabras.
Fue roto por Pedro unos minutos después.
-Ricardito ha tenido hoy una pelea en el pueblo.
-¿Cómo es eso? –preguntó Anastasio, su padre.
-Mercedes y mi mujer bajaron al pueblo con los críos para repartir el aguinaldo –explicó Pedro– y cantar los villancicos, como siempre. Esperanza se quedó rezagada, hablando con las hijas del Paco, el Meapilas.
Todos asintieron. Paco y su familia llevaban toda la vida cuidando la casa del párroco y la iglesia, viviendo más de limosna que de sueldo. Creyente hasta el fanatismo e ignorante como pocos, su servilismo hacia el padre Urbano era motivo de burlas entre los vecinos, y se rumoreaba que su mujer calentaba la cama del cura cuando a éste le venía en gana.
-El mayor de Paco se acercó y dijo a las niñas, de muy malos modos, que no hablasen con Esperanza, que su padre era un alemán comunista y los franceses habían hecho bien en matarle.
Sebastián cerró con fuerza los puños. Todos los presentes se tensaron, furiosos. Isidro alzó la mano para acallar las imprecaciones que brotaban ya de sus labios y pidió a Pedro que terminase su relato.
-Ricardo no andaba lejos, había ido a buscar a Esperanza para que no se separase del grupo, y oyó lo que el otro decía. Cuando vio llorar a su prima, no se lo pensó dos veces –Pedro no ocultó una cierta satisfacción– y le pegó un buen puñetazo al chaval.
-¿Y se pelearon?
-Más bien, Ricardo le dio una buena paliza. Él tiene el morro un poco hinchado, pero el otro acabó bastante peor. Las mujeres les separaron, claro, y el padre Urbano apareció también dando voces y llevándose a los del Meapilas como si fueran suyos.
-Que igual alguno lo es –dijo Sebastián, malicioso.
Anastasio propinó una suave colleja a su hijo.
-Sea o no sea, no es asunto nuestro. Si no le dolieron los cuernos al salir, menos ahora que le ayudan a vivir. ¿Qué hizo el cura?
-Pidió perdón a Mercedes, excusándose en la ignorancia del chaval. Dijo que hablaría con el Meapilas para que le castigase como era debido. Pero mi mujer me cuenta que lo hizo medio sonriendo, contento como cerdo en lodazal.
Anastasio asintió.
-No me extraña. Cualquier cosa que nos perjudique o nos haga quedar mal le viene bien. Ya sabéis que nunca nos ha tragado, y menos ahora que vamos a poner en marcha la escuela.
-No quiere más educación que la que él pueda dar en catequesis –opinó Jacinto.
-Falta les hace educación, si confunden a los alemanes con los comunistas –terció Isidro- pero el cura nos lo pondrá difícil.
-Nos lo han puesto difícil siempre –opinó Sebastián–. Algo habrá que hacer.
El silencio se volvió denso como la nube de humo que los cigarros habían formado, y cada uno de ellos dedicó unos minutos a pensar en las palabras de Sebastián. Finalmente, Isidro sirvió otra ronda de aguardiente mientras hablaba con una severidad que no admitía discusión.
-Dejaremos al cura con sus ostias, mientras la cosa no vaya a mayores. Hablaremos con Paco en cuanto le veamos en la taberna o en cualquier sitio con gente, para que se sepa que no vamos a consentir insultos ni burlas. Y eso será todo.
Asintieron, algunos más conformes que otros.
-Y ahora vamos a lo nuestro –dijo Isidro, descolgando de su cuello una llave de madera de ángulos rectos y limpios.
El resto de los presentes se levantó, sacando sus propias llaves.
-¿Llamamos a Fernando? –preguntó Jacinto.
Todos miraron a Sebastián. Como encargado de ese aspecto de la educación del niño, parecía lógico que él tuviese la última palabra.
-Malo no será que lo vea.

SIGUIENTE CAPÍTULO

domingo, 21 de diciembre de 2014

FELICES SATURNALIAS




Una pequeña felicitación para los pacientes lectores y los compañeros aporreateclas.
Y como lo de escribir historias tiene su parte de magia, qué mejor compañía que la de la Maga.  




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viernes, 19 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. CATORCE.





14
Intramuros

La tigresa avanza, solitaria, entre las casas abandonadas. Su rostro y su cuerpo están a medio camino entre la forma humana y la felina, formas sensuales de mujer cubiertas de pelo anaranjado. Las garras dispuestas, el oído atento, el pelo de su lomo y su cola erizado, estimulado por el olor de vida cercana.
Un leve ruido, apenas el roce de un pie descuidado sobre el suelo, llama su atención desde la casa más cercana. Con un salto, la tigresa llega al balcón del primer piso y entra en el edificio. Se desliza escaleras abajo. En la única estancia de la planta baja, un hombre permanece en pie, mirando hacia la puerta. La tigresa sonríe, pensando que será una presa fácil.
-Tigre... tigre que te enciendes en luz por los bosques de la noche –susurra el hombre, sin volverse-, ¿qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría?
La tigresa gruñe, frustrada, confusa. El hombre se gira con un crujido de cuero y hueso. Sus manos están enfundadas en guantes, los dedos terminados en largas garras de acero que muestra, retando a la teriántropo.
Su voz tiene algo de dulce, algo de burlesco.
-¿Quién hizo al cordero fue quien te hizo? –pregunta con una sonrisa leve en su rostro.
La tigresa salta sobre él, transformándose por completo en bestia antes de llegar al suelo. Garras y dientes se cruzan con el acero en una danza nupcial de mariposas. La tigresa empuja con la masa inmensa de su forma animal, y Anteo retrocede sin perder el equilibrio, dejando que ella gaste su energía, que crea llevar la iniciativa. La bestia le empuja hasta una mesa contra la que espera hacerle tropezar, pero el nefárida conoce el terreno. A fin de cuentas, él lo ha preparado.
Salta hacia arriba y hacia atrás, girando sobre sí mismo y lanzando una patada al hocico de la tigresa mientras completa la voltereta, aterrizando de pie sobre la mesa. La bestia vuelve a su forma semihumana y coge el borde de la mesa, volcándola y empujando hacia delante para desequilibrar a su enemigo. Anteo salta hacia atrás mientras la tigresa empuja hasta que, de repente, el suelo bajo sus pies se hunde y cae con un gañido de sorpresa, que se convierte en un grito de dolor. El nefárida se asoma al pozo que la mesa ocultaba. Empalada en las estacas que cubren su fondo, la tigresa agoniza, convirtiéndose de nuevo en mujer. Anteo toma una lanza apoyada en la pared y atraviesa su pecho, rematándola.
-Uno –murmura para sí mientras sale en busca de nuevos combates.

Los tres soldados de Binah han apagado sus antorchas, fiándose de sus ojos crepusculares. El sargento de la patrulla ha muerto dos horas atrás, abatido por un francotirador, y saben que las antorchas delatan su posición y les convierten en blancos fáciles. Ahora los desorientados soldados recorren el laberinto de calles buscando a sus compañeros, a un oficial que les organice. Uno de ellos se detiene. Mira hacia un grupo de tres cadáveres apoyados en sendos postes de madera. La cabeza de uno de ellos yace a pocos centímetros del cuerpo, y los tres muestran varias flechas clavadas en el torso. Del cuello de uno pende una gruesa cadena de plata, y el soldado avisa a sus compañeros. El saqueo es siempre parte de una guerra, derecho de los vencedores, y los sueldos que paga Binah no son muy altos.
Los tres se acercan, vigilando los tejados cercanos, pero nada se mueve en las calles muertas. El cuerpo de la derecha tiene dos flechas clavadas en el pecho y uno de sus párpados ha sido segado, dejando el ojo derecho abierto a la eternidad. El central, del que pende la cadena de plata, muestra parte de las vísceras a través de una herida en el abdomen, y una flecha cruza su hombro, sujetándole al poste. Estos horrores no conmueven a los soldados. Como todo veterano de guerra, han visto demasiado, demasiadas veces. El primero de los soldados extiende su mano hacia la joya, y de pronto el cadáver de la derecha aferra esa mano, tira hacia delante y estrella al guerrero contra el poste. Antes de que los otros dos reaccionen, el nefárida arranca de su pecho las dos flechas y se lanza hacia delante, atravesando el ojo derecho de ambos. Caen al suelo entre espasmos, temblando hasta que sus cerebros se rinden a la evidencia de la muerte.
El nefárida pestañea con su único párpado, mientras el tercer soldado se aleja del poste, blandiendo su espada.
-Tienes una oportunidad para irte. Ahora –dice el nefárida.
El soldado parece dispuesto a atacar, hasta que se fija en las heridas de flecha en el pecho de su enemigo. Ya han cicatrizado. Retrocede varios pasos, aún con la espada en alto, y por fin se gira y huye por su vida.
-¡Dile a los tuyos que las calles son nuestras! –grita el nefárida, riendo.

La noche es larga para los soldados de Binah. Los primeros exploradores no regresan, o lo hacen con noticias sobre trampas, francotiradores y asesinos silenciosos. Las pérdidas son un goteo continuo, una sangría que no cesa hasta que los grupos son más numerosos. Sin embargo, cuando los contingentes crecen son más vulnerables a los ataques de francotiradores y arqueros. Pronto dejan un espacio libre, una franja de nadie más allá del alcance de flechas y rifles. Los teriántropos avanzan en manadas compactas, buscando la seguridad en el número. En la tierra que Espejo cedió a los nefáridas, la muerte tiene mil cartas que jugar.
Los soldados buscan un minuto de sueño, siquiera un suspiro de descanso, pero no hay lugar seguro para ello. Los nefáridas acechan en la sombra, surgen de fosas comunes donde han permanecido camuflados entre cadáveres, o incendian los edificios que pueden albergar al invasor. Algunos caen, acorralados por las tropas de Binah, siempre luchando hasta el final, siempre llevándose con ellos tantos enemigos como pueden. Son cazadores, asesinos para los que esta guerra es una competición en la que sólo importa matar más y mejor que el resto. Muchos de ellos son inteligentes, como Anteo, artistas de la muerte que escapan una y otra vez del cerco enemigo; otros son sólo bestias ansiosas, mentes enloquecidas por el ansia de cazar, e incluso por el deseo oscuro e irrefrenable de ser cazado. Ambos llevan la esencia de la destrucción en sus manos.
Pero no son suficientes para frenar el avance del ingente ejército. Poco a poco desaparecen entre las sombras, se ocultan en los escombros para atacar a los incautos que aún permanecen solos, a los mensajeros que van de una unidad a otra portando órdenes. El contingente invasor se organiza, y poco antes de la llegada de la luz están dispuestos para un ataque masivo. O al menos, tan dispuestos como es posible. Crispados, nerviosos, sin haber descansado en días, temiendo cada sombra, forman poco a poco una línea continua que trata de cubrir todo el perímetro. Desde las azoteas, sus arqueros disparan contra las trincheras enemigas, tratando de alcanzar a los sitiados, que responden de igual forma. La luz empieza ya su viaje por las calles de la Ciudad y pronto sonarán las trompetas.

Menendo, Fabián y sus compañeros en las trincheras ven reflejarse la luz sobre las lanzas enemigas. Las filas son compactas, un muro prieto de hombres que parece abarcar todo el perímetro. Tras ellos, intercalados para poder vigilarse mutuamente y ver la espalda del ejército, decenas de vigías se esfuerzan en prevenir los ataques de los nefáridas.
-Van a aplastarnos -dice uno de los soldados.
Menendo sonríe, aunque es una sonrisa crispada.
-Tenemos cierta ventaja sobre ellos -responde.
-¿Qué ventaja es esa?
-Bueno, son tantos que sólo con estirar el brazo de la espada, estaremos matando a alguno.
Los hombres ríen, nerviosos. Parece que ya nada detendrá la masacre. 

Pero antes de que el amanecer acorrale por completo a la noche, el Maestro de los Espejos regresa a la línea de trincheras. Su torso está cubierto de vendas, rojizas en muchos puntos. El brazo derecho cuelga inútil, y camina apoyado en su espada como si de un bastón se tratase. Aunque su aspecto es el de un moribundo, cabe preguntarse si el Señor de las Ilusiones no estará fingiendo con algún motivo oculto. Se levanta un rugido entusiasta entre sus filas, un golpeteo de lanzas y espadas contra escudos y petos, un aplauso marcial y salvaje que muestra el respeto por su valor. Como último hombre en defender la empalizada, el Maestro ha crecido todavía más a los ojos de sus seguidores. Y sin embargo algunos, como Eiszeit, aún se preguntan qué objetivo tenía esa inútil defensa. Espejo no es tan visceral como para dejarse arrastrar así a una muerte cierta, de la que le ha salvado una mezcla extraña e imprevisible de fuerza, suerte y la ayuda de un enemigo. 
Eiszeit trata de desentrañar las intenciones ocultas de Espejo, y cree tener una idea clara cuando el Maestro se detiene a pocos metros de las trincheras, dirigiendo sus fulgentes ojos hacia la alta torre de obsidiana donde los Justicia siguen observando el devenir de la batalla.
-¡Justicias! –grita con fuerza– ¡Justicias, invoco vuestra mediación! ¡Los Pactos de Guerra han sido traicionados!
Todas las miradas, desde el último soldado hasta la poderosa Binah, se dirigen a la torre. Si los vigilantes creen que hay motivos para tener en cuenta la denuncia, la batalla quedará paralizada, suspendida hasta la resolución. Una bandera, blanca en caso de aceptarse la reclamación y negra en el contrario, señalará la decisión.
-¡Es mentira! –ruge Binah desde su dirigible de observación– ¡Sabe que está perdido y pretende ganar tiempo!
Ambos Maestros se buscan con la mirada, y hay tanta rabia en sus ojos que un aura rojiza, recorrida por vetas negras, es visible para casi todos los habitantes de la Ciudad en el aire que les separa. El odio es después de todo la unión más segura y permanente entre los hombres.
En lo alto de las torres de observación, los Justicias alzan lanzas de plata en las que se despliegan blancas banderas.

Toda la Ciudad parece respirar. Por ahora.  

ENLACE AL CAPÍTULO 15
LA NOVELA EN AMAZON



viernes, 12 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. TRECE.

https://www.youtube.com/watch?v=7d4qFaHvYeU


 13
Intramuros

Por primera vez en mucho tiempo, Fabián se siente libre, se siente él mismo.
Mientras el ejército avanza al paso, la orden mental de Binah llega claramente. “Transformaos. Atacad, teriántropos, atacad”
Decenas de soldados sonríen al escuchar el mandato, arrojan sus armas y se despojan de sus armaduras, o simplemente las destrozan cuando sus cuerpos crecen, retorciéndose cuando la energía interior se libera.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Algo que contarte, paciente lector.

https://www.youtube.com/watch?v=_Gj8QvG0qzk


Hace poco menos de un año, paciente lector, publiqué la primera entrada en este blog. Sin demasiada convicción, arrastrado casi por algunos amigos tan locos como para creer en mi. Esto no va a ninguna parte, Silencio no da para más de diez o doce páginas, les decía yo.
Me equivoqué, por supuesto.
Hoy Silencio tiene un buen número de amigos por la red, un montón de aventuras pendientes y un libro que acaba de publicarse en Amazon. Contiene dos casos, uno de ellos revisado y el otro por completo inedito y que podéis encontrar en los siguientes enlaces.

US
IN 
UK
DE
FR
ES
IT
NL
JP
BR
MX
AU

Llega la hora de agradecer a esos amigos su empuje, y a ello voy.
A @LaMagaSoy1 y @lalunaticadtv por quitarme el flotador y arrojarme al mar.
A Def, por la garlopa, a Hojodealcón por los colmillos de rata, a Ireth por la conciencia de lo inerte; a Yomisma, la Diablesa y los viejos amigos que cruzaron océanos de tiempo para leernos; a Bupu por los ewoks, a la gente de Fantasía Austral por el hospedaje, a @Abrirunlibro por la fe, a Esteban Díaz, Frank Spoiler y demás compañeros aporreateclas, qué envidia os tengo, escritores.
A Eduardo Velasco por una portada que dará que hablar y espero que no sea la última.
A mis Patanases del Infierno, aunque no empecemos a chuparnos las pollas todavía.
A Toño, por los ojos verdes Heineken y más cosas. 
A Pandora, por la fe de los borrachos.

Y dejándolo aquí para ser breve, sin duda, a ti, paciente lector. Gracias. Pase lo que pase, ya ha merecido la pena. 

viernes, 5 de diciembre de 2014

EL RENCOR DE LOS DIOSES VIVIENTES. DOCE






12
Intramuros
El miedo funciona como un corazón humano. No necesita hacer nada especial, nada fuera de lo normal. Sólo seguir su curso, sin detenerse, sin cambiar de ritmo.
Así avanzan las tres naves que Binah ha enviado contra sus enemigos. Lentas y constantes como el latido de un hombre que duerme tranquilo, sin detenerse porque simplemente no tienen motivo para hacerlo.
Las velas se repliegan y los largos mástiles, sujetos a la estructura por cables de acero, quedan adosados y fijos en la brillante superficie. También las grandes hélices gemelas de popa se frenan, dejando que la inercia sea lo único que haga avanzar los dirigibles. Superan la empalizada, siguen adelante, demasiado altos para que arqueros y lanceros representen una amenaza. Las hélices giran sobre sí mismas, quedan paralelas al suelo y empiezan a moverse de nuevo, acompañadas de una tercer en la proa. Ganan altura mientras las tropas que se llaman a sí mismas “hombres libres” estiran el cuello y observan en silencio. La amenaza crece en ese silencio, se nutre de él, de las suposiciones que hacen soldados y ciudadanos. El temor se manifiesta en manos temblorosas, respiraciones contenidas y gargantas que intentan tragar saliva.
Ese miedo crece deprisa, se alimenta a sí mismo como el latido de un corazón alimenta el cuerpo del que vive. Es más efectivo que un ataque directo, más amenazante que una espada desnuda, porque los hombres no saben a qué deben enfrentarse. Durante largos minutos los dirigibles ascienden, y los soldados sólo pueden conjeturar sobre lo que les espera.
Los oficiales tratan de mantener la disciplina, de hacer que los hombres permanezcan en sus posiciones, pero no pueden dar órdenes eficaces cuando desconocen a qué van a enfrentarse. Pasan latidos que parecen minutos, minutos que parecen jadeos ansiosos, y nada ocurre. Hasta que las naves detienen su ascenso.

Espejo sabe que el ataque es inminente, que será duro y mortal. Teme que Binah, incapaz de ganar la guerra de otra manera, haya optado por romper los Pactos. Eso le daría la posibilidad de denunciarla ante la justicia de la Ciudad, tal vez de derrotarla para siempre. Pero hay que estar vivo para ganar un juicio, y el Maestro no sabe si alguno de los miles de hombres que se protegen entre las casas dispersas lo estará. No puede ver más que agua en los depósitos que cuelgan de los dirigibles, nada más que agua. Si Binah es tan poderosa como para esconder a su mirada algún tipo de arma, entonces su causa está perdida.
Sus ojos se dirigen al viejo hospital. Menendo ya estará allí, alertando a Anteo. Ocurra lo que ocurra, morirán luchando. Y eso es a veces el único consuelo que un hombre puede permitirse.

En la azotea del viejo hospital, Anteo y Menendo observan el ascenso de los dirigibles. El nefárida no refleja ninguna emoción en su rostro ni parece preocupado por la batalla que se avecina, aunque ha cubierto su habitual desnudez con una ceñida y flexible armadura de cuero.
-¿Qué crees que ocurrirá ahora? –pregunta Menendo.
-Atacarán. Morirá gente. Siempre ha sido así.
El joven frunce el ceño ante la simplicidad de la respuesta, pero teme demasiado a su interlocutor como para contestarle.
-¿Qué ha dicho tu Maestro? ¿Qué cree él?
-Sólo ha visto agua en el interior de los depósitos inferiores –explica Menendo– y teme que haya algún hechizo de espejismo tan poderoso que hasta él resulte engañado.
Anteo asiente, despacio, midiendo con la mirada el tamaño de los depósitos. Unos cien metros de largo, tal vez quince de ancho y quince de alto. Más de sesenta toneladas de agua entre los tres.
-No es agua. No es sólo agua –dice cuando se da cuenta de lo que les espera.
-¿A qué te refieres?
Anteo baja la mirada, contempla el frente enemigo. Una nube de crubines y guerreros pájaro despega de las lejanas torres y el ejército de Binah, obedeciendo a las señales de las trompetas, emprende el avance en una línea infinita.
Con un único golpe seco, los tres dirigibles abren las compuertas de los depósitos y empieza el horror.

En un primer momento el agua cae como un bloque fluido y rápido, un río suicida, casi una masa sólida. La fricción con el aire y el viento que producen las hélices dividen pronto la masa, convirtiéndola en una pulverización que se extiende, más lenta, más semejante ahora a una lluvia fina que a una catarata. Atrapada entre las gotas, la luz se disfraza de todos los colores y de ninguno, convirtiendo el cielo en el espectro de todos los arcoiris que fueron, de todos los amaneceres que serán, mientras el agua cae mucho más despacio, un torbellino sacudido por vientos cambiantes.
Las finas gotas, frenadas por el aire, se convierten en una sola nube de lluvia y color sin dejar de descender, pero hay algo de horizontal en su movimiento cuando el agua de los tres dirigibles se mezcla en el cielo. Aún a decenas de metros del suelo esas gotas empiezan a unirse, a asociarse de forma antinatural y sin embargo, necesaria.
Hay una suerte de conciencia, de intención en la danza silenciosa que describen. Y Espejo entiende entonces lo que Anteo ya había descubierto.

-¡Riseeelkaaaas! –ruge la furiosa voz del Maestro de los Espejos.
El grito se propaga entre los hombres, Espejo ordena la retirada y los oficiales repiten la voz de mando, y cientos de soldados corren hacia la lejana línea de trincheras, mientras las primeras gotas de agua caen sobre ellos.
Suspendidas en el aire, las damas guerreras de Binah toman forma cuando la lluvia incontable se fusiona, el líquido se vuelve carne y cabello, la transparencia del agua se convierte en piel opaca y brillante. Algunas riselkas están ya en tierra, mujeres desnudas cuyo largo pelo es a la vez túnica y arma. Sus mechones se enredan, se convierten en látigos o largos tentáculos, en espinas protectoras duras como metal bien templado.
Empieza la lucha, pero el enemigo ya está por todas partes, y ni la niebla ni la empalizada ofrecen protección a nadie.

Espejo no detectó a las riselkas, porque sus esencias estaban divididas entre los tres tanques. Ni una sola de las criaturas estaba completamente en ninguno de ellos, y la gran cantidad de agua normal que se mezclaba con ellas diluía su naturaleza.
Esa agua humedece el aire, empapa a los combatientes y llena de terror a los soldados, que no saben si se trata de líquido normal o de riselkas aún no conformadas.
Un hombre empapado cae al suelo cuando el agua que moja su túnica se convierte en una maraña de pelo en torno a sus piernas. Miles de gotas saltan hacia él, dando cuerpo a la riselka, y el cabello se convierte en una mortaja que le asfixia mientras la guerrera toma forma sobre su espalda, destrozándole el cuello con garras ansiosas.
Una riselka parcialmente conformada cae al suelo cuando se lanza sobre un hechicero, protegido por un hechizo de escudo electromagnético. El cuerpo femenino se sacude, convulsiona y se rompe, disgregándose en un charco inerte.
Por todas partes, la muerte chapotea y ríe como un niño que juega entre los charcos.

Sobre la empalizada, Espejo trata de mantener la calma, de controlar la situación. El inesperado método de ataque ha destrozado todos sus esquemas. Ni la niebla ni la empalizada sirven ya como defensa, y sus líneas están rotas.
Los soldados voladores de Binah están ya sobre él, y no hay arqueros ni tiradores que puedan detenerlos.
Las riselkas no son enemigos fáciles. Rápidas, letales, sus cuerpos se disuelven cuando se sienten acorraladas, evitando así las espadas, y se mueven como pequeños arroyos, recomponiéndose en nuevas posiciones. Sus cabellos flagelan y atan a los hombres, desconcertándoles con ataques fugaces que les distraen el tiempo suficiente para que los cruines caigan sobre ellos, rematándoles. Algunos se refugian en las casas, cerrando puertas y ventanas, pero las riselkas pueden colarse por cualquier grieta en la piedra como goteras rápidas, y el refugio se convierte en trampa.
La única solución es la retirada, más allá de la franja concertada con Anteo. La única esperanza para ganar tiempo y reorganizarse es la intervención de los nefáridas. Espejo mira al antiguo parque. Los soldados de infantería avanzan en cuña, un vértice de lanzas que le apunta casi directamente. Frunce el ceño. Nadie detendrá el avance de ese ejército. Nadie excepto la niebla aún adherida a las piedras teñidas de sangre.
Tras él, en el cielo, algo ocurre.
Resplandores verdes y azules, reflejos de luz en la piel de las riselkas, giran cada vez más deprisa a veinte metros de altura. El maestro ve con claridad lo que ocurre y comprende que la empalizada también caerá. Un buen número de riselkas, tal vez unas cincuenta, danzan en círculo, seres etéreos aún, en parte agua y en parte carne, rodeadas en su vuelo por cien estáticos cruines que agitan sus alas con fuerza.
Hay algo de fascinante, de maravilla incluso en esa Ciudad de maravillas, en la contemplación del trabajo coordinado de ambas fuerzas. La danza de las riselkas, similar a una jiga rápida y alegre, roba el viento provocado por los cruines, formando una barrera que recoge el agua del aire. Pronto, un embudo imposible, un anillo de agua agitada se forma, se mantiene y crece absorbiendo el agua del aire y la tierra empapada, creciendo en un tornado líquido que más y más cruines alimentan agitando las alas, mientras las riselkas bailan.
En lo alto de la empalizada Espejo es el único que contempla el espectáculo, mientras el campo de barro y sangre queda desierto, ocupado ya sólo por los cadáveres y la tropa enemiga que avanza en grupos, casa por casa, acabando con toda resistencia y rematando a los heridos. Las espadas de los croines se clavan en cada cuerpo que encuentran mientras las riselkas avanzan. Los hombres de Espejo se han retirado ya, obedeciendo sus órdenes. La nueva línea de resistencia queda lejos, más allá de las trincheras. Más allá del viejo hospital donde los nefáridas aguardan. El Maestro de ilusiones aguza su mirada, lanzándola lejos a través de la tierra agonizante, hasta encontrarse con la de Anteo. Como si se hubiera proyectado hasta llegar junto al nefárida, que le ve también con claridad.
-Han superado la marca acordada –susurra Espejo-. Sois libres de cumplir el pacto.
Anteo asiente, apenas el esbozo de una sonrisa en su rostro.
-¿Qué harás tú? –pregunta con cierta curiosidad.
-Mantener la posición. Mientras pueda.

El ejército de Binah avanza, la punta blindada de su formación en cuña apenas a doscientos metros de la empalizada, como si apuntasen directamente al lugar donde Espejo aguarda. El tornado de agua se mueve llevado por croines y riselkas, toma una orientación vertical y vuela a velocidad creciente hacia el Maestro, arrastrando a su paso el tejado de las casas y derribando sus muros con la fuerza de un maremoto.
En medio de ambas fuerzas, Espejo sacude la cabeza y envaina su espada. Esperando que la mortal niebla pueda ser aún útil como defensa. Que no todo esté perdido. Que aún queden motivos para seguir en pie y ser valiente.
El tornado es ya un ariete, una broca líquida y gruesa, una flecha azul verdoso que nada puede detener. Espejo se inclina y arranca de la empalizada un puñado de piedra, hundiendo en ella sus dedos con un leve esfuerzo. Pulveriza la piedra entre sus manos y la deja caer ante él, y las partículas se adhieren a su piel, formando un escudo protector, endureciendo su carne para salvaguardarle del golpe inevitable.

Los croines alzan el vuelo, apartándose del ariete acuático y llevando entre sus poderosas manos a las agotadas riselkas. Girando sobre sí misma, la columna de agua golpea contra la empalizada a toda velocidad bajo los pies de Espejo, que salta hacia arriba y hacia delante, volando sobre el ariete líquido, intentando que el agua y el viento no le empujen. Las piedras se separan, explotan, son arrastradas por la riada y se llevan con ellas jirones de niebla caníbal, abriendo una brecha de decenas de metros en la empalizada. El agua parece explotar, la barrera se convierte en metralla y un crujido de mundo roto llena el aire.

Barro, polvo, niebla y espuma y piedra. Después, silencio. 



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